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LO QUE LLEVAMOS EN LA MOCHILA. (y no queríamos llevar)

LO QUE LLEVAMOS EN LA MOCHILA.

Sobre el insulto gratuito, el ataque ad hominem, el desprestigio permanente.


Una cosa que tiene dar el paso de “meterse en política” es que sin comerlo ni beberlo te llueven los insultos, las descalificaciones gratuitas, los ataque personales, y algunas cosas más de esas que se dicen que “van con el cargo”.

Me parece que quien se conforma con esta frase hecha no tiene ni un minuto pensado sobre esta lacra social tan extendida.

¿”Va con el cargo” el insulto? ¿La crítica sin argumentos? ¿La descalificación personal? ¿Ser protagonista de lo que ahora se llaman fake news, que vienen a ser las mentiras públicas de toda la vida? ¿Eso “va con el cargo”? Es la idiotez aceptada más absurda que he escuchado, y la tenemos perfectamente integrada socialmente. 
Quien admite esa tesis está consintiendo implícitamente el juego sucio, la mediocridad, la deslealtad y el autoritarismo.

No quiero aceptarlo, me niego a llamarlo “juego político”, porque creo que ese juego no puede basarse en el vómito constante y creo que en el cargo hay cosas que no van.


UNA EXPERIENCIA (COMO OTRA CUALQUEIRA)

En 2011 nueve personas de Vecinos por Torrelodones conseguimos, legítimamente, entrar en el gobierno de nuestro pueblo. Bien, eso llevó a poder realizar un proyecto común en un ámbito concreto, lo que es maravilloso (para nosotros), y también llevó, en paralelo, a que se acrecentasen los “daños colaterales” que ya habíamos sentido abruptamente desde el momento en que entramos en el “juego político”.


DISCREPANCIA, REFUTACIÓN Y CONFRONTACIÓN REDUCIDAS A INSULTO Y DESCALIFICACIÓN.

A las descalificaciones y denuncias falsas que ya se habían producido durante los años anteriores derivadas del hecho de saltar a la escena política local, se unieron algunas más. En realidad, muchas más. Y con la incorporación masiva a nuestras vidas de las redes sociales, el volumen se ha hecho monumental. Las redes son un vehículo extraordinario para lo positivo y un campo abierto y abonado para la expresión del odio sin argumento de lo más evolucionado.


No es sencillo ver tu nombre unido a según qué adjetivos. No es sencillo saber que mucha gente lo lee una y otra vez.

Tu nombre unido a adjetivos calificativos repugnantes, no hacia tu gestión, sino hacia tu persona, esa es la clave de todo esto que escribo.

Y se ve que con ello hay que vivir porque “va en el cargo”.

Quienes escriben esos insultos y descalificaciones a veces firman con su nombre y rostro, pero la mayoría lo hace a escondidas, parapetados en perfiles falsos, aunque sabemos quiénes son. Y resulta que te los encuentras por la calle  y te saludan y en ocasiones hasta tienen la osadía de tenderte la mano en una demostración de bajeza sorprendente.


RESUMEN DE PRENSA (de siete años y medio)

Hago un extracto muy reducido, para no cansarte, y me centro en lo publicado sobre mí por personas que conozco quienes son. Por supuesto, ni soy el único ni soy el peor parado, pero fíjate y ponte por un momento en mi lugar:

Para centrarnos, pertenezco a una “Mafia de prepotentes y sinvergüenzas” lo que no está mal para empezar. En cuanto a mí en concreto, os puedo decir que si se da crédito a lo publicado soy algo así como un emisario de Satán. Para evitaros búsquedas os informo de que podéis encontrar en internet que lo que más soy es “cínico”, tengo un “cinismo bestial”, lamentablemente no se refieren a mi predilección por Diógenes, sino a lo que hoy se entiende por cínico, que no es lo mismo. 
Aquí donde me veis, “ejerzo violencia institucional”, tengo “grandes dotes como bufón”, soy “un clown mentiroso”, y si juntas varias publicaciones sobre mi persona encontrarás difícil etiquetarme, ya que soy a la vez “podemita”, “fascista”, “heredero de los camisas negras”, “mentiroso”, “anti sistema”, e “inhumano”. Alguna incoherencia sí que hay, pero teniendo en cuenta que pertenezco a un grupo de “asesinos”, todo lo anterior se queda en nada.


Puedes imaginar que no es fácil, como digo, ver tu nombre unido a según qué adjetivos. Todos estos anteriores han sido publicados por personas que conozco y que en su mayoría me conoce, me saluda  (y el cínico soy yo), e incluso de vez en cuando me hablan. 
Qué triste ¿verdad? Imagino que esas personas no tienen familia y por tanto no tienen que explicar constantemente a sus hijos, hijas, amistades, que son cosas del “juego político”, que en mi opinión lo hacen porque no tienen vida propia y necesitan vivir su vida en referencia a la de otras personas que están, legítimamente, donde les gustaría estar a ellas.

ENTONCES ¿QUÉ HAY QUE HACER?

En principio el consejo mayoritario es el de Buenas noches y buena suerte: No leerlo.

Claro, y eso básicamente es lo que hay que hacer, no leerlo.

Hacer como que no sucede, como que nadie ha dicho de ti sistemáticamente por ejemplo que eres un “vago”, cada semana prácticamente. Hacer como que no se publican artículos en los que se dice de ti que tienes “falta de interés en tu labor”, que eres “opaco”, que eres “negligente”, “inútil”...

Y seguir viviendo y a lo tuyo, sabiendo que otras personas lo leen y que te encuentras con esas personas que lo leen en el colegio, en la plaza, en el supermercado, en la piscina… Y así. 
Hacer como que no, porque asumimos que es el gracioso y simpático “juego político”.

“Si el periódico dice que soy culpable, todos lo creen, si dice que soy inocente, a nadie le importa”. (Ausencia de malicia)

Además y en paralelo, tener claro que ningún juzgado va a aceptarte una denuncia por insultos, injurias o por otros delitos contra el honor, porque como estás en política voluntariamente se supone que eso te lo comes con tu mecanismo. La sociedad no te va a ayudar ni un poco porque “va en el cargo”. Es más, cuando te denuncian falsamente por ejemplo por prevaricación o malversación de fondos públicos, permiten que se publique la denuncia sin un mínimo trabajo de contraste de los hechos.

Lo de las denuncias falsas es otra gaita que también se ve que “va en el cargo”, pero eso es harina de otro costal. Aunque el costal viene a tener que cargarlo el mismo grupo de costaleros.

Esta situación consentida lleva a tener que aceptar como inevitable el ruido de fondo de quienes han decidido como única estrategia el acoso y derribo en lo personal, y con nada de argumentación política, no vaya a ser.

CUANDO LO CUENTAS ERES VICTIMISTA.

Otra cosa muy recurrente es decir que cuando hacemos notar ese acoso somos victimistas. Eso es la monda. ¡Que vamos de víctimas! Así, como si tuviésemos un trastorno paranoide.

Es decir, y por resumir en unas líneas, alguien te quema el coche, alguien te monta un escrache a la puerta de casa, otros te pinchan las ruedas, otros te queman el buzón, también te rayan el lateral o agujerean el capó del coche, o entran en tu vivienda y remueven los muebles, o para no entrar en detalles, te amenazan de muerte, o te meten una denuncia o una querella falsa, o te intentan chantajear, o bajando ya al mundo de las ideas, simplemente desean públicamente que te ahogues o desaparezcas, o para reducir el nivel de la ansiedad, que verlo todo junto me impacta bastante, simplemente te insultan sistemáticamente; y cuando lo expones o muestras algo de estupor o queja como reacción, resulta que vas de víctima.

Ahí tienes, el “juego político” de las narices en su máxima expresión.

Pues sí, voy a ir de víctima. Sin complejos, porque en la mochila, dentro de cinco meses, me llevaré un buen montón de mierda. Porque desde hace ya 12 años que dimos el paso de entrar en la escena política local nuestra vida tiene un permanente contacto con el lado oscuro de la fuerza. Y realmente eso es un asco, sin más matices. Y creo que eso hay que cambiarlo y que depende básicamente de que las personas que utilizan como únicas armas el insulto y el ataque empiecen a sentir el rechazo social y se vean obligadas a hacer un curso acelerado de argumentación y permitan vivir a quienes son cargos públicos electos sin la permanente espada de Damocles de ver sus nombres unidos a mentiras y adjetivos nauseabundos.

Esto, se mire como se mire, es más necesario en todo el territorio político nacional que cualquier cambio legislativo que se os ocurra pensar.

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